Sol, era una verdadera belleza: su tez blanca como
la nieve, sus labios rojos como el rubí y el cabello dorado como el trigo,
hacían palidecer a cualquiera que la mirase bailar frente al espejo del salón
de baile, al que asistía cada semana.
Esa tarde llegaba un nuevo y atractivo compañero.
El maestro se lo había asignado. Fue cosa de iniciar el baile, y ambos parecían
fundirse en una misma danza. Los cuerpos parecían adivinar los movimientos,
cadenciosos y bellos. Sol se dejaba guiar al ritmo de la pieza de salsa,
moviendo sus caderas como una verdadera diosa. Su rostro bañado en sudor, sus
pezones erectos por la excitación del movimiento y el deseo la
hacían desbordarse de placer.
Javier recibía el seductor mensaje. Su mano
acariciaba ya el diminuto talle de su compañera. Ella saboreaba lo que podría
suceder...
Pero el encanto del momento fue interrumpido por la voz de la mujer de
él, quien llegaba para llevárselo: -Cariño, te espero afuera.
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